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Sabor

Hay muchas cosas
que se evitan
si uno sabe doblar
dos cuadras antes
o al menos lo intuye.

Hay muchas cosas
que se doblan
si uno sabe intuir
dos cuadras antes
o al menos lo evita.

Hay muchas cosas
que se intuyen
si uno sabe evitar
dos cuadras antes
o al menos lo dobla.

Pulso

Por supuesto que tengo pulso.
Se asemeja a ranas. Se desviste en un absoluto silencio mientras pongo la caldera sobre el fuego.
Por supuesto que pulso tengo. Es un infinito ruido tácito que dibuja hilillos en la radio. Como una campana zen que me advierte y me divierte. Me alimenta y me sostiene.
Por supuesto. Por supuesto que lo llevaría al viaje que quieras. Lo haría infatigable, indoloro y sabroso. Pulso.
Y por supuesto que pulso mi pulso. Hay unas notas coloridas que ganan en constancia, redondean oblicuas el enjambre que me espera. Lo sé. Sé de su secreto infinito los días de lluvia.
Sé de los rincones y las almendras.
Sé de cada madera y del aroma a piel que desmenuzan los dedos del pulso cada domingo amaneciente.
Por supuesto que tengo pulso.
Solo que hoy no lo engendro.

¿La queja es circular?

Sí, a fin de año se escuchan quejidos.
Si aguzamos los oídos podremos escuchar, detrás de los rotundos fuegos de artificio (de artificio) quejidos de todos aquellos que dicen detestar la navidad y las fiestas de fin de año.

Es claro: todos tenemos el derecho de ejercer el gusto, no hay una obligación que lo dicte, entonces cada uno es dueño de que le agrade o no. Tendencias sí hay, pero no balas en el pecho para quién no quiera fiesta.

Entonces escribo (imploro interpelo): ¿por qué esos seres que se quejan quiebran despotrican quejan tanto de la navidad, aparecen igual en las casas familiares oliendo a ducha, compartiendo alimentos, chatarrería y alcohol, ejerciendo los fuegos de artificio, los diálogos de artificio, las ensaladas de frutas y otros (y otras)?

¿Qué significado tiene esa cansina queja sempiterna? ¿Por qué alguien querría masturbarse tanto tanto tanto tanto tanto tanto tanto tanto tanto tanto tanto tanto tanto tanto tanto tanto tanto tanto sin acabar?

Pero lo interesante aquí de esta masturbación es... los quejidos. No es una masturbación privada e íntima, sino un manoseo de fanfarria "miren todos!!! me toco y no gozo!!! hey mira, me sobo y me sobo y quedo insatisfecho!!!"
¿De qué se trata?


PD: Excelentes fiestas para todos (a los que sí, a los que no, y a los que xx)

Salir de casa sin el espejo (mal)

Estrellas. ¿Quién cuenta las estrellas cuando
mira el piso de la calle, la vereda, el
sombrío?

¿Dónde está el salvavidas, mi vida?

Hoy se alejan muchas cosas como en una fotografía en
lento. Y las luces siguen ahí lineales, estirándose como un caramelo caliente.
Ser una planta y crecer hacia arriba, hacia los costados que pegue
el sol. Y el calor. Y crecer hacia arriba. Encima de una mujer.

¿Dónde está el salvavidas, mi vida?

No hay secretos ni dones. No hay cinturones ni cordones. Atar
de atar es lujo de fiestas pasadas. Los hombros entran hombres hoy en las casas ajenas.
Ni papi ni mami. Música propia y chau.
Sobre todo chau.

¿Dónde está la vida, mi salvavidas? No.

¿Quién recuerda como eligió vestirse en ese mismo día?
-Hola, estos son mis propios brazos.
-Hola, estos son mis propios brazos.
-Hola, estos son mis propios brazos.
-Hola, estos son mis propios brazos.
-Hola, estos son mis propios brazos.

El propio calor. El calor que moldea y place. Y
las estrellas siempre están ahí. SIEMPRE.
Eso fue lo que comiste ¿por qué no tragarlo?
Sobre todo hola.
Estos son mis propios brazos.

El cuento de la tortuga Juana (desenlace)

Cualquier ser humano que se precie de pertenecer a esa especie tan particular, debe tener una sola pregunta en su mente capaz de roerle el corazón y oxidarle el alma: ¿qué pasó con la tortuga Juana?

La tortuga Juana fue a ver a otro médico, puesto que aquel la había atendido mal.

Así fue como Juana llegó a la casa del doctor Sebastián Rocpol. Y lo interrogó de una manera media insistente.

- ¿Qué me puede recetar?

- La compra de otro huevo de pascua.

- ¿Y el otro, el más querido?

- Ahora está roto, señora Juana, de nada le sirve así.

- ¿Por qué?

- ¿A usted le parece que un huevo de pascua roto sirve para algo?

- ¿Y usted qué sabe si me sirve o no?

- Le estoy preguntando eso mismo.

- ¿No le parece que se está poniendo atrevido?

- Mire Juana, yo sólo le aconsejo que se compre otro huevo de pascua. Hágalo si le parece y si no, bueno, no lo haga.

- ¿Y si no lo hago?

- Si no le parece no lo haga

- ¿Y cómo voy a sobrevivir sin el huevo de pascua?

- ¿Por qué piensa que no sobrevivirá sin el huevo de pascua?

- ¿Y cómo voy a vivir sino?

- Yo no tengo huevo de pascua y vivo lo más bien.

- Claro, ¿pero se puso a pensar que usted no es una tortuga?

Y al decir eso, el doctor abrió los ojos muy grande. Tan pero tan grande que la camilla del consultorio se asustó, se levantó enseguida, abrió una vitrina donde había instrumental quirúrgico y sacó, de ahí, un bisturí con el que mantener a raya a la tortuga.

- ¡Maldita tortuga, mirá cómo dejaste al doctor!

El doctor comenzaba a hacerse pequeño en comparación al tamaño de sus ojos, que habían alcanzado el metro y medio de diámetro y seguían creciendo desmesuradamente.

- Yo no sabía que se iba a poner así.- dijo la tortuga con una frialdad muy grande.

- No te hagás la viva. Viniste acá para matarlo, yo te conozco, te vi miles de veces en la portada de la revista “Mate Amargo”.

- ¿Qué decís, qué tiene que ver una cosa con la otra?

- ¿Te creés que no sé quién sos?

- ¿Quién soy?

A veces, en los consultorios de los médicos, se necesitan dejar mensajes. Hay muchas formas de hacerlo, pero hay una manera muy interesante y que sirve mucho. Consiste en poner una cartelera de espumaplast en la pared y dejar los mensajes ahí, clavados con alfileres. Muchas veces, sin embargo, se prefiere usar tachuelas o chinches. Ahora bien, de vez en cuando alguna chinche puede caer al suelo, y si cae, es seguro que va a quedar con la punta hacia arriba.

Así fue como el ojo derecho del médico, en su infernal crecimiento, se pinchó con una chinche que había en el piso. Explotó.

Fue tal el susto que se llevó la tortuga Juana, que le dio un paro cardíaco. Aunque los demás hombres de salud del hospital escucharon la explosión y vinieron a ayudar a todos, no se pudo salvar a la tortuga.

Igual le dieron un entierro importante porque la enterraron dentro de un enorme huevo de pascua. Y ella, la tortuga Juana, era la sorpresita más destacada porque no era una tortuga, era un ser etéreo. Y cuando alguien rompiera el huevo, se echaría a volar muerta pero libre, libre al fin.


El cuento de la tortuga Juana (cap dos)

Cuando el camionero calculó que serían las diez de la mañana de ese lunes 28 de abril, enfiló hacia una escuela para discapacitados. Apretó el acelerador y el camión alcanzó los mil quinientos quilómetros por hora (exagero). Cuando estuvo a una cuadra de la escuela, el camionero se tiró del camión.

Penetró el camión en la escuela y atropelló a diez botijas que jugaban al basquet en sillas de ruedas. Volaron los guachos por el aire con sus sillas y sus piernas insensibles y pedazos de carne y sangre.

Explotó el camión dentro de la escuela y mató a ciento setenta y nueve alumnos y a doce docentes. Los que no murieron por la explosión, murieron asfixiados por la nuez moscada que quedó en el aire.

Después de eso la historia se vuelve corta. El camionero se fue huyendo a vivir al Tíbet, donde reflexionó por lo que había hecho y se arrepintió. Hizo dos semanas de ayuno y dos centenas de seguidores. Se convirtió en profeta y en Dios.

Después creó las cosas, al hombre y a la mujer. Y el resto es sabido.

Ah, me olvidaba, la escuela se parecía mucho a lo que hoy llaman iglesias.



CONTINUARÁ...

El cuento de la tortuga Juana (cap uno)

Una vez, hace mil años, un huevo de pascua se rompió. La tortuga Juana era la dueña del huevo. Fue al médico y le preguntó por qué se le había roto.

- ¿Se le rompió un huevo?

- Sí médico. Uno de pascua.

- ¿Y yo qué tengo que ver en eso?

- Dígame qué puedo hacer.

- Puede hacer puchero.

- Médico, ¿usted me está tomando del pelo?- dijo la tortuga Juana mientras fruncía el ceño.

Mientras tanto, en Italia, una pareja de desconocidos se acercó al auto de Santiago Royermur.

- Disculpe que le hagamos una pregunta.

- Por favor.

- ¿Es usted gay?

- ¿Cómo?

- ¿Es usted gay?

- No.

- ¿Y por qué se lo está cogiendo ese monito tan simpático?

Efectivamente, cuando Santiago se dio vuelta, un monito estaba penetrándolo. Pero no sólo Santiago vivía un desconcierto tan desagradable: esa zona de Italia había sido invadida por monitos copuladores y todos sus habitantes estaban en peligro.

Las autoridades Italianas y el consejo internacional para la extinción de animales considerados molestos o decididamente peligrosos (C.I.P.L.E.D.A.C.M.O.D.P.), habían dispuesto que una brigada de veinte mil camiones cisterna cargados con salsa blanca recorrieran el país paralizando e inutilizando a esos atrevidos simios. La salsa blanca tenía muchísima nuez moscada, he ahí el truco.

Pasaron doce años y no se volvió a saber de los monitos.

Sin embargo, queda algo por aclarar todavía. ¿Cómo era que la salsa blanca podía matar a los monitos?

Creo haber escrito que esa salsa blanca contenía muchísima nuez moscada. Cada camión contenía aproximadamente unos setecientos millones de quilos de nuez moscada. Lo de la salsa blanca era una excusa gastronómica.

Los camioneros se acercaban a los monitos y preparaban unas mangueras especiales, después se remangaban, después iban al teatro Opera, después al Solís, después leían una revista cara, después iban al baño, después se aburrían, cantaban canciones de Zuy Yéneris, de Pol Macarni, de Fil Kolinz, de Yina María y Dalgo y de los Pet Shop Boys, después llamaban por teléfono a un lugar que sabían que no había nadie y dejaban mensajes bien pajeritos en el contestador, se lavaban las manos con aguarrás mineral, compraban ajil, se tiraban al agua, se tiraban brutos pedos, se tiraban de inteligentes, se tiraban de los pelos, se tiraban tizas, tarareaban canciones de Machito Ponce y de Yazimel, corrían la coneja, sudaban copiosamente, tocaban blues en un oscuro pub de la calle Soriano, tocaban rock and roll del bueno en un iluminado estadio de la calle Galatea, silbaban canciones de Zakir Hussain y de (obvio) Chopper, se lavaban los dientes con pasta frola, se cagaban de la risa, le apuntaban a los monitos con las mangueras, se escuchaban unos compacts discs de Los Buitres Después De La Una después de comer, almorzaban antialérgicos, fumaban porros de una marca conocida, se dejaban coger por los monitos, se laciaban el pelo, arrancaban los camiones, alcanzaban una velocidad cercana a la del sonido, atropellaban a los monitos garchi-garchi y tá.

Luego comenzó a llover y uno de aquellos camioneros se sentó tranquilo, en su camión, a escuchar Simply Red. Prendió un cigarro y se dejó llevar por la música. Era un tema lento y el tipo lo disfrutaba mucho. Veía cómo las gotas de lluvia caían lentamente por el parabrisas.

Había terminado el asunto de los monitos y la lluvia pacificaba la vida.

El camionero encendió el motor y anduvo un rato por las calles de Roma.


CONTINUARÁ...

Yara (cap final)

En el estado tan activo de violencia en el cual se encontraban todos los ocupantes del vehículo en cuestión, fue lógico que se escucharan comentarios como estos:

-¿Viste eso?

-Pa, sí.

-Fuá, claro.

-¡Santo cielo!

-¡Dios santo!

-¡Oh, mi dios!

-¡Ave María purísima!

-¡Jesucristo!

-¡Cristo bendito!

-Joven, si usted no me abre la ventana me voy a morir asfixiada.

-¿Y?

La víbora había quedado inconciente en el piso del ómnibus mientras el chofer paraba el vehículo en un semáforo. Dado el peso de dicho vehículo, su tamaño y quizá la poca pericia del conductor para poner el ómnibus parado encima del semáforo, resultó lógico que el transporte capitalino de pasajeros se hiciera añicos contra el suelo.

El chofer, al ver aquello quiso zafar de responsabilidad huyendo a calle traviesa, pero no había andado mucho cuando una zarpa se posó en su hombro.

Era el oso polar que comenzó a decirle unas cosas que sonaban más o menos así:

-¿Por qué corrés así? ¿No sabés que Dios te puede conceder el tiempo que quieras? ¿Acaso no sabés que por más que corras no lograrás esquivar la comunión con el señor?

A lo cual el chofer contestó con una variedad de gritos mezclados en uno solo. Porque nunca había visto ni oído hablar a un oso polar. Y mucho menos católico, apostólico y romano.

-Dios me habló cuando yo fui al cielo creyendo haber muerto. Me dijo que mi deber era volver y ayudar a la gente dando clases de catequesis en los liceos privados. Y lo voy a hacer porque es palabra de Él.

Mientras tanto, no muy lejos de ahí, o sea, en realidad cerca de ahí, la víbora había podido salir de aquel desastre y miraba al oso polar mientras el rencor se apoderaba de su delgado cuerpo. Entonces supo que: a) aquel blanco animal tenía que ver con la muerte de su amiga; b) que el oso tenía la protección de las cosas sagradas de Dios y de todos lados; c) que debería realizar ritos satánicos y esas estupideces para matarlo; d) y que el cuatrocientos veinticinco saldría a los dos esa tarde.

La víbora se acercó al oso y le dijo algo en latín. Había comenzado el ritual. Rayos y truenos cruzaban la biósfera y alrededor de ambos animales sucedían cosas increíbles: mi viejo acertaba las tres cifras, Uruguay salía campeón del mundo y no era por diferencia de goles, Paco de Lucía entraba en Guns ‘n’ Roses pero como batero y Susana Giménez aceptaba estar demasiado vieja para conducir un programa de televisión.

-Dolce vitta yaco pastorius.- decía la víbora mientras le disparaba al oso con balas de plata, le cortaba la cabeza, le clavaba una estaca en el corazón, lo rociaba con agua bendita y le tiraba jane en los ojos.

Trece días con sus trece noches duró aquel sacrílego sacrilegio para que el oso polar se dejara de joder con el señor y todo eso. Lo malo es que no funcionó. El oso murió dos años después en un accidente tonto. Estaba pescando para comer y la espina de una lisa le gangrenó el paladar.

En cuanto a la víbora, antes de ir a pelear con el oso le jugó al cuatrocientos veinticinco a los dos y se forró de guita. Ahora vive en una isla desconocida o en Brasilia y de vez en cuando participa anónimamente en fábulas como esta.

Yara (cap uno)

Se encuentran dos serpientes en la calle y una le dice a la otra:

-Hola, ¿cómo te va?

Y la otra le responde:

-Bien, ¿y vos?

Y la otra le dice:

-Bien.

Entonces, una de las serpientes (una yarará cuzú) se toma un ómnibus mientras le dice a la otra (una bothrops neuwiedi pubescens):

-Bó, boluda, andá a la casa de Elena a las siete que hay reunión.

A lo que la otra le contesta:

-Tá.

La que no se había tomado el ómnibus comienza a caminar por la peatonal Sarandí hacia el centro y por ahí, encuentra un oso polar que le dice:

-Si te portás mal, Dios te ve y te castiga. Dios lo ve y lo sabe todo.

Entonces se desata una conversación que paso a desarrollar de la siguiente manera:

-¿Quién te dijo eso de Dios?

-Todo el mundo lo sabe.

-Yo nunca lo había oído.

-Es hora de que sepas la verdad. Es hora de que todas las víboras como vos sepan la verdad.

-¿Cómo sabés la hora si no tenés reloj?

-Dios me dice lo que debo hacer a cada instante. Y este es el instante para decir esto.

-¿No te parece que si Dios supiera todo le jugaría al cinco de oro para así, de esa manera y no de otra, forrarse de guita?

-Dios no necesita dinero. Y si nosotros tenemos fe en él, tampoco.

-¿Y cómo comés?

-Yo como como como.

-¿Pero de dónde sacás la guita para comprar comida?

-Yo no necesito plata. Simplemente voy a los riachuelos y pesco. Entonces como lo que pesco.

-¿Y Dios no te dice lo que debés pescar y lo que no?

-Dios no existe.

-¿Cómo podés decir eso después de todo lo que pregonaste sobre él?

-Simplemente para que veas que aunque estoy diciendo mentiras, él sabe perdonar y no me castiga.

Entonces, como por arte de magia, un avión de la fuerza aérea ugandesa perdió una de sus alas y ésta cayó sobre la víbora matándola, lo cual asustó tanto al oso polar que murió de un infarto pese a que comía puro pescado y que en la tele dicen que si comés pescado tenés menos riesgo de morir por enfermedades y cosas cardíacas.

La otra serpiente, que estaba aún en el ómnibus, sintió como un mareo y comenzó a tener náuseas como si la muerte de la otra víbora la hubiese afectado a distancia e ignorancia pues el ómnibus que ella había elegido no pasaba ni cerca de la Ciudad Vieja. Se levantó de sus asientos (como era larga ocupaba dos) y comenzó a vomitar en la plataforma. Los ocupantes del vehículo se pusieron a mirarla y entonces el guarda le espetó:

-Ché, la concha de tu madre, ¿no ves que estás ensuciando nuestra herramienta de trabajo? Andá a vomitar afuera. Abrime atrás, Pepe.

La víbora se bajó llorando y conteniendo los restos del vómito mientras adentro del citado vehículo se desarrollaron los siguientes comentarios:

-Ché, qué sorete el guarda.

-Pa, sí.

-Fuá, claro.

-Cebame un mate, turco.

-Ahí a la vuelta vive Carmen, la que mató al gatito que te conté.

-¿Joven, no me abre la ventana, por favor?

-No.

La víbora, luego de terminar de vomitar y de llorar, juró que se vengaría del guarda.

Así pasaron quince largos años hasta que un día, la víbora se tomó casualmente el mismo ómnibus. El guarda era el mismo y no la reconoció. La víbora se le acercó como para pagar el boleto y le mordió la muñeca derecha. La muñeca hizo un ruido muy parecido a “¡Mammá!” y se cayó al piso en tanto el guarda sacaba un puñal de la boletera y, cuando estaba a punto de matar a la víbora, se escuchó un grito:

-¡Guarda!

El guarda miró hacia el fondo, momento en el cual, un bloque de esos grises cualquierita, se estrelló contra su cara.

¿Qué había pasado? Simplemente que la persona que había gritado, no había gritado “¡Guarda!” para llamarlo por su cargo dentro de la empresa de transportes, no. Había gritado “¡Guarda!” como sinónimo de “¡Ojo!” o “¡Cuidado!” o “¡Atención!” o “¡Guambia!”.



CONTINUARÁ...

Hubo de haber

Mujer cuarentona con cara de haber visto tele todo el día, y los dientes amarronados tabaco.

Pregunto: ¿Si no tuvieras limitaciones económicas o de tiempo, qué te gustaría hacer en tu tiempo libre?

Responde: Ser prostituta y cobrar caro.

Retruco: Pero eso sería trabajar, yo te estoy diciendo en tu tiempo libre...

Espeta: Hacer el amor con todos los hombres que me gusten.


Hombre setentón que me ofreció un almohadón para que cuando me sentara en el muro no se me ensuciara el pantalón.

Pregunto sobre los graffitis...

Responde desencajado: El gobierno debería partirle los brazos y las piernas a los universitarios que son los que ensucian las paredes con esas pintadas y queman llantas en las manifestaciones.


Otro hombre setentón.

Pregunto: ¿Usted sabe qué es internet?

Responde casi seguro: Sí, un medio de comunicación.


Aunque la pregunta no estaba contenida en la encuesta, 4 de cada 10 personas que encuesté entre los 20 y 45 años, me decían que estaban por irse del país.


Hombre cuarentón que tenía puesta una remera de rugby.

Pregunto: ¿Asistió a algún espectáculo de carnaval en el último año?

Responde: No me gusta el carnaval ni la murga. Acá se piensan que a uno tiene que gustarle el carnaval porque es de acá, pero ¿querés que te diga algo? El carnaval es importado, es un invento europeo, no es una cosa nuestra, por eso no me gusta.

Preguntas más adelante: ¿Asistís con regularidad a partidos de fútbol?

Responde: Sí, el fútbol me encanta.


Un alto porcentaje de los que no consideraban los graffitis como obras de arte, decía que los consideraban una forma de “expresión popular”.


Largo el verso de presentación y acoto: Si hay alguna mujer en la casa entre 16 y 59 años...

Responde: No, no hay. ¿A la Universidad no le interesan los viejos?


Un porcentaje interesante de los que no consideraban las playas como el principal patrimonio del Uruguay, me decía que la gente era el principal patrimonio.



Una mujer me para por la calle.

Pregunta: ¿Estás haciendo encuestas?

Respondo: Sí, son para la Universidad de la República.

Larga: ¿No querés hacerme una a mí? Porque yo anduve haciendo encuestas y sé que es bravo que te abran la puerta y te digan que no.

Pregunto esperanzado: ¿Vivís en esta manzana?

Desmantela: No, vivo a tres cuadras de acá.

Percusión

Él se embarcaba en hacerle poemas a ella.
Sorprendía temprano
la cama con tremendas levantadas teatrales y obscenas. Desnudaba papeles
de esos que ya vienen vacíos y los repletaba en versos
en asuetos,
en asesinatos, tras juicio y condena, a la perversa monotonía
monotonal,
cáscara del ocio sucio y del vicio.

Tomaba licores vinos bebidas bebía bien y sus piernas brazos eran
descuajeringarse en enchastres sobre cama mesa manteles y sábanas. Entonces
ella escapando
le dijo advirtió
aconsejó señaló
afirmó decidió
estimó necesaria una ruptura con fuertes erres y líos silenciosos. Nada vacíos,
por cierto, de contenidos.

Fue en Enero un abril cualquiera que el sol vieron que caía dejando
amarillentas babas lentas, calor en tormentas de aguas que no llueven
no respetan marchitos pétalos ni sedes. Él cargaba versos sobre la espalda
y los llevaba al mar a mojarse.
Ella sentirá una pelota gruesa de ausencias peludas
sentirá que no para jamás de caer.

Y vuelven llorando corriendo mintiéndose necesarios y necesidades
que acotan con palabras. Miden.
Quisieron construirse hogar quisieron un fuerte levantador
óptimo comienzo de a dos. Otro.
Y en picada hacia la madera muerta los llevaron pajerías coloridas berrinches bochinches y cornetas. Supieron, el vecinaje, de batallas estériles de soportar
tangos angustia barata por horas y días y meses semestrales.
Los círculos son baraja que nunca repite la mano y siempre está dando,
reparte, vuelve a partir.

Y de aquellos poemas, capaz que verdades enteras, quedó la sensación de estuvieron y no están. No importa, fue en otra vida fueron bobadas fue
vivir vivir vivir vivir vivir
aquella delicada percusión era la vida.
Rayas líneas. Puntos.

¿No eran certezas, acaso, cuando él se embarcaba en hacerle poemas a ella?
Rayas, líneas.
Puntos.

Suena CENSURA


Suena el teléfono.

- ¿Hola?

- Hola, habla Peter Parker, el hombre araña, ¿está Raúl?

- No, no está, pero está Tony Stark, que es Ironman, si quiere
puedo comunicarle con él...

- ¿Para qué?

- No sé, si quiere puede hablar con él.

- No, cuando venga Raúl dígale que me llame.

- Sí, pero él nunca vino acá y no creo que venga jamás.

- ¿Ahí no es el veintiocho treinta y seis doce?

- No.

- Ah, perdone.

- No. No lo perdono. ¿Usted tiene idea del tiempo que me hizo
perder?

- ¿Usted piensa que fue mi culpa?

- ¿Y de quién va a ser sino?

- ¿Usted no podría haberme dicho antes que estaba equivocado?

- ¿Por qué no te vas a la CENSURA de tu madre?

- ¡¿Por qué no me chupás la CENSURA?!! ¡Vieja hija de
CENSURA!

- ¡Calláte, CENSURA de CENSURA!

- Sos una víbora, ojalá te mueras despacito.

Un pedazo de tierra húmeda

Cabalgó todo lo largo que le fue el desierto.
Pidió agua y sed
y ambas le fueron concedidas. Y cuando la sed secaba, el agua mojaba. Estuvo completo.

Durmió en cabañas de otros distintos. Alquiló desconocer amigos y los ordenó en lista corta.
Esos no eran amistades no eran
casi nada. Durmió con las botas puestas y con frío. Sonrió y se soplaba en las manos,
un hueco que llenaba.

Caminó cuadras y cuadras de pastos árboles cielos varios
variadísimas variaciones de músicas en los ojos. Su vista escuchaba
sus pies no hubieron de detenerse aunque
escuchaban.

Y navegó lento o rápido para llegar a algún lugar lugares
donde la miel se hubiera suelta en manos en labios en
cuellos humildes,
jamás en envase. Llegaría en pocas horas, muchos ires.

Hubo de saber que faltaba poco. Conoció un trozo delgado de piedras ya pisadas
por cualquiera.

Llegó. Y tan bien que viaje hizo, clavó bandera en la primera espalda que no había alcanzado a escalar.
Pidió agua y sed
y sólo aquella le fue concedida. Y sin sed derrochó regaló tiró toda el agua en gentes y en tierras
fértiles y estériles, grandes pedazos
de error.

Con ojos muertos de sueño y alguna realidad golpe, emprendió
quiso regresar a partir. Pero en esa voltereta no vio salida y
descubrió que jamás había
él no llegó.

Y sufrió sus lluvias y las de las todo tipo de nubes
nubarrones. Grises tormentas aceite manoseado rancio opaco pútrido. Quedó quieto tieso vacío
enfermó de sentirse miedo, saberse ningún. Erró.

El cielo se agacharía para perdonarlo algunos días enteros de viento fuerte fortalecedor.
Igual algún sol le calentaría el pecho y las manos. Pero verde pasto inmadurando no deja de crecer
desparejando.

Y fue cuando su corazón se hartó de tanto duro trabajo duro que la tontuela flacidez de lo
muerto pintó sus manos hombros cuello y otros. Y allí estuvo. Fue.
Y en esa volteada
tampoco alcanzaba no descubrió
que jamás había

él no llegó. Aún.

Llovió. No hubieron rocas para tapar esquivar
aquella vista, un pedazo de tierra húmeda dado vuelta. Volteadas volteretas.
Salida.

Tres fresco


El clima deja caer sórdida carcajada sobre nos.
En enero, calor calor, estas porciones de agua vienen directo a los ojos. Limpian los hombros, lavan la calle y se van.
Y dejan un ligero hermoso tinte fresco. Gotas en el paladar, sonido de pájaros, el recuerdo de que hay una rueda mecánica que refresca y acalora todo.
Y no tenemos control.

Apenas piel.

Y es delicioso.

El aire se cuela indistinta mente por las ventanas abiertas y saca la resaca opaca de los días de fiesta, de festones.
Y todo parece más simple, más vacío, melón dulce, manos suaves, futuro inmanejable y rico.

Agua.

Otro miércoles

Pikachú y/o unos de sus amigos reventaban la caja de la TV de amarillo rojizo y azulados. El sonido era todo el mismo: un chorro de griterío salido de una traducción del japonés al español, pero hecho por Las Ardillitas.
Mateo miraba embelesado todo aquello, o a veces por la ventana.
Y en un instante pensé “se aburrió, es increíble que hasta los bebés se aburren...”
- - -
Actué: agarré su chupete y lo mojé en mi vaso de vino. Y pacientemente impacientemente, se lo ofrecí embutí a Mateo.
Sus labios regordetes aceptaron la propuesta. Reconocieron la forma del chupete, fraude de teta, y después su mirada se amargó en una mueca fea. Cerró los ojos, los abrió como desaforado, y me miró increpó.
“¿Rico rico?” pregunté.
Su respuesta fue: mirar la ventana y resoplar por la nariz.
- - -
Entonces Karina entró con el pelo estrambótico y los ojos fuera. Sin sacarse el abrigo, la rubia bajó la vista, abrió el paquete de cigarrillos y prendió uno, con una enorme y jugosa bocanada.
“Tu hijo toma vino desde hoy!” festejé.
Su respuesta fue: mirar la ventana y resoplar por la nariz.



mmmzzzmzzzzmzzz...



Mi tío hablaba de miel, de abejas, hablaba del vómito de esos animalitos. Y las tablas vibraban bajo el martilleo.

El olor de la madera serrada, el calor trópico del verano en Venezuela, el sudor de las 2 de la tarde. Y el zumbido constante...

Creo que el olor a miel podía atravesarte la nariz de lado a lado, y la cabeza se hundía en tonos ocres,

marrones,

anaranjados,

amaderados,

y polen.

Por un mundo mejor...



No es necesario (ni sano) incurrir demasiado en la estadística actual para darse cuenta de que, además de que los recursos naturales y artificiales del mundo están mal distribuidos, el planeta cada vez alcanza menos para todos. Lo cual hace que haya un mar de gente que simplemente se dedica a esperar la muerte respetando, por otra parte, la pauta biológica natural de la que formamos parte.



Un puñado a su vez, de esta gente, va lentamente consumiéndose en la angustia y el sufrimiento que depara la tradicional falta de resignación ante el hecho de que somos muchos en este cacho de tierra rodante y buáh, te tocó en suerte quedarte sin suerte. Allí es cuando sus almas, degradadas por el espanto de la desesperanza, nos contagian de un dolor interno y algunos de nosotros, los que hemos sido iluminados con la inquietud social de la solidaridad, la justicia, el bienestar y la paz humana, en un derroche de sensibilidad y amor al prójimo, comenzamos a rumiar ideas para poder poner fin al sufrimiento mundial.

Aunque vale la pena impulsar fuerzas globales para la distribución más equitativa de las riquezas, también es importante, como parte de la activa fuerza social que somos, que trabajemos lentamente en desmedro de aquellos que usufructúan los bienes que otrora podrían ser utilizados para salvar vidas con sentido. Es decir, y hablando más claramente, construir una lista de personas que no merecen la vida, para tener a mano en aquel día en que se tenga que elegir quienes se van y quienes quedamos.

Así, y a riesgo de pecar de matematicista, esbozaré una hipótesis de trabajo, a saber: habiendo menor cantidad de estas personas que son la rebaba social o las pústulas de su entramado, habrá mayores posibilidades para la gente que vale una bio-psico-socio-fuercita.

Entonces eliminemos a:

personas que prenden el cigarro antes de bajarse del ómnibus

personas que hacen puerta justo en la puerta de lugares públicos, de manera que no dejan pasar por la puerta que se ha puesto a propósito ahí para poder pasar

personas que conversan en la escalera de manera que no dejan pasar a los que bajan o suben

personas que dejan el auto estacionado en la vereda

comentaristas de fútbol que dicen “el partido está liqui liqui” en lugar de decir que está liquidado

personas que dicen a propósito de una situación futbolística “si iba adentro era gol”

personas que preguntan “¿te gusta LA comida agridulce?” como si el carré de cerdo con ciruelas y la pizza con ananá pertenecieran a la misma categoría (este comentario es parte de un trabajo más extenso sobre la comida agridulce y estará disponible más adelante)

uruguayos que dicen odiar todo lo que venga de Europa por pertenecer “al imperio”, pero suspenden actividades por un partido de football

personas que ante una interrogante de dos opciones, responden afirmativamente, por ejemplo:
-¿preferís crema o chocolate?
-sí

Es posible y de hecho así sucede, que se agreguen día a día más personas a esta lista interminable, pero esto deber ser sólo en pos de un mundo mejor, con una más justa, igualitaria, solidaria y pacífica administración de insumos para la vida. ¿Ustedes que creen?